En comentarios anteriores hemos hablado de como la introducción del sistema de televisión por cable cambió costumbres y tradiciones en nuestro país por otras norteamericanas, gracias a películas y programas que hablaban y hablan de su cotidianidad.
Alguien dijo una vez que el haber permitido que en una película de los años cuarenta y que ya es un clásico, se haya dejado sin censura una de las que llamamos mala palabra, dio inicio al uso de un vocabulario irrespetuoso y de imágenes que a la postre devinieron en la pornografía.
Cuando se anunció que Estados Unidos mandaría a nuestro país como embajador a un reconocido activista gay, defensor del matrimonio entre personas del mismo sexo, las iglesias y otras instituciones manifestaron su oposición a su llegada, pero de nada valió.
Tiene menos de un año en el país, realiza sus funciones como debe hacerlo, pero siempre acompañado de su pareja, otro hombre, con quien se casó en Estados Unidos para venir aquí, y así tan graciosamente lo identifican las crónicas sociales.
Ya es común leer este pie de foto en revistas y periódicos dominicanos: “El embajador de Estados Unidos James Brewster y su esposo Watanabe en la recepción tal”.
Naturalmente, con una distinción como esa, era cuestión de tiempo lo que acaba de llegar: la presentación de un Proyecto de Ley para que se permita el matrimonio entre personas del mismo sexo, y todo de lo más normal.
¿Es el embajador culpable o propulsor de esto, de manera personal? Creemos que no, pero su posición, su libertad, su aceptación y publicidad de la condición de su “matrimonio”, son motivos a tomar en cuenta.

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