Cada veintiocho de abril desde que iniciamos nuestro noticiario leemos para ustedes el Versainograma que escribió Pablo Neruda a propósito de la invasión estadounidense a nuestro país para sofocar la revolución constitucionalista de 1965, hoy se cumplen cincuenta años de ese oprobio.
Perdonen si les digo unas
locuras en esta dulce tarde de febrero
y si se va mi corazón cantando hacia Santo Domingo, compañeros.
Vamos a recordar lo que ha
pasado desde que don Cristóbal marinero
puso los pies y descubrió la isla. ¡Ay mejor no la hubiera descubierto!
Porque ha sufrido tanto desde entonces que parece que el Diablo y no Jesús
se entendió con Colón en este aspecto.
Estos conquistadores españoles
que llegaron de España con lo puesto
buscaban oro, y lo buscaban tanto, como si les sirviese de alimento.
Enarbolando a
Cristo con su cruz los garrotazos fueron argumentos tan poderosos que los
indios vivos se convirtieron en cristianos muertos.
Aunque hace siglos de esta
historia amarga por amarga y por vieja se la cuento
porque las cosas no se aclaran nunca con el olvido ni con el silencio.
Y hay tanta iniquidad sin
comentario en la América hirsuta que nos dieron
que si hasta los poetas nos callamos no hablan los otros porque tienen miedo.
Ya se sabe que un día
declaramos la independencia azul de nuestros pueblos
uva por uva América Latina se desgranó como un racimo negro
de nacionalidades diminutas con mucha facha y con poco dinero.
(Andamos con orgullo y sin
zapatos y nos creemos todos caballeros.) Cuando tuvimos pantalones
largos nos escogimos pésimos gobiernos
(rivalizamos mucho en este asunto: Santo Domingo se sacó los premios).
Tuvo de presidentes singulares
déspotas sanos, déspotas enfermos,
tiranos tontos y tiranos ricos, mandones locos y mandones viejos.
En esta variedad un tanto
triste tuvieron a Trujillo sempiterno
que gracias a un balazo se enfermó después de cuarenta años de gobierno.
Podríamos decir de este
Trujillo (a juzgar por las cosas que sabemos)
que fue el hombre más malo de este mundo (si no existiese Johnson, por
supuesto). (Se sabrá quién ha sido más malvado cuando los dos
estén en el infierno.)
Cuando murió Trujillo respiró aquella
pobre patria de tormentos
y en un escalofrío de esperanzas subió la luna sobre el sufrimiento.
Corre por los caminos la
noticia, Santo Domingo sale del infierno,
por fin elige un presidente puro: es Juan Bosch que regresa del destierro.
Pero no les conviene un hombre
honrado a los gorilas ni a los usureros.
Decretaron un golpe en Nueva York: lo echan abajo con cualquier pretexto,
lo destierran con su Constitución, instalan a cualquier sepulturero
en el trono del mando y del castigo. Y los verdugos vuelven a sus puestos.
“La democracia representativa ha
sido restaurada en ese pueblo”
dijo El Mercurio en un editorial escrito en la embajada que sabemos.
Pero esta vez las cosas no
marcharon. De un modo inesperado, aunque severo
a norteamericanos y gorilas les salieron tornillos en el queso.
Y con voz de fusiles en la calle salió a cantar el corazón del pueblo.
Santo Domingo con su pueblo
armado borró la imposición de los violentos:
tomó ciudades, campos, y en el puente, con el pecho desnudo y descubierto,
aplastó tanques, desafió cañones.
Y corría impetuoso como el
viento hacia la libertad y la victoria,
cuando el texano Johnson, el funesto, con la sangre de muchos en las manos,
hizo desembarcar sus marineros.
Cuarenta y cinco mil hijos de
perra bajaron con sus armas y sus cuentos,
con ametralladoras y napalm, con objetivos claros y concretos:
“poner en libertad a los ladrones y a los demás hay que meterlos presos!”.
Y allí están disparando cada día contra dominicanos indefensos. Como en Vietnam, el asesino es fuerte, pero a la larga vencerán los pueblos.
La moraleja de este cuento
amargo se la voy a decir en un momento
(no se lo vayan a contar a nadie: soy pacifista por fuera y por dentro):
Ahí va:
Me gusta en Nueva York el yanqui vivo y sus lindas muchachas, por supuesto,
pero en Santo Domingo y en Vietnam prefiero norteamericanos muertos.

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