A propósito de la cercanía del proceso electoral más complejo y competitivo de los últimos años en nuestro país, queremos compartir con ustedes el editorial escrito por el periodista José Monegro, director del periódico El Día.
El que se anima a votar suele hacerlo por convicción o conveniencia. En el renglón de convicción hay dos apartados: simpatías o antipatías. Las simpatías se ganan por emoción o afinidad. La afinidad puede ser ideológica o económica. La conveniencia suele ser personal o colectiva.
También se vota en contraposición; es decir, votar en contra de un candidato, lo cual favorece al receptor del sufragio de castigo. Las campañas electorales tienden a priorizar las emociones como punto de ataque en el proceso de atraer votos y luego para endurecer la intención.
En la fase del endurecimiento se potencializan sentimientos como la esperanza, la ilusión y el odio. Agotados los recursos emocionales, adquiere primacía lo material, que es lo que muchos denominan “los intereses».
El ser humano tiene la virtud de que en sí mismo coexisten lo emocional y lo racional, dos planos que erróneamente algunos pudieran considerar contrapuestos. El votante adquiere mayor dimensión cuando logra que en su decisión electoral haya factores emocionales y racionales.

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