Probablemente esta sea la frase más usada en el mundo de habla hispana al referirse a esa etapa en la vida de cada ser humano, proviene de un bello poema escrito por el nicaragüense Rubén Darío hace ya muchos años y que queremos dejarles al conmemorarse en nuestro país el Día Nacional de la Juventud apoyados por el santoral de la Iglesia católica que celebra la fiesta de San Juan Bosco.
Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
Plural ha sido la celeste historia de mi corazón. Era una dulce niña,
en este mundo de duelo y de aflicción. Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor. Era su cabellera obscura hecha de noche y de dolor.
Yo era tímido como un niño. Ella, naturalmente, fue, para mi amor hecho de armiño, Herodías y Salomé…
Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
Y más consoladora y más halagadora y expresiva, la otra fue más sensitiva
cual no pensé encontrar jamás. Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía. En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía…
En sus brazos tomó mi ensueño y lo arrulló como a un bebé… Y te mató, triste y pequeño, falto de luz, falto de fe… Juventud, divino tesoro, ¡te fuiste para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro…y a veces lloro sin querer…
Otra juzgó que era mi boca el estuche de su pasión; y que me roería, loca, con sus dientes el corazón. Poniendo en un amor de exceso la mira de su voluntad, mientras eran abrazo y beso síntesis de la eternidad; y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén, sin pensar que la primavera y la carne acaban también…
Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer.
¡Y las demás! En tantos climas, en tantas tierras siempre son, si no pretextos de mis rimas fantasmas de mi corazón. En vano busqué a la princesa que estaba triste de esperar. La vida es dura. Amarga y pesa. ¡Ya no hay princesa que cantar! Mas a pesar del tiempo terco, mi sed de amor no tiene fin; con el cabello gris, me acerco a los rosales del jardín…
Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer… ¡Mas es mía el Alba de oro!

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