El compueblano periodista banilejo Miguel Franjul, director del Listín Diario, en su editorial de este día recuerda una anécdota relacionada con con el paso del ciclón Inés por el país.
Parece que hay cosas que nunca cambian en este país.
Para muestra, un botón: en 1966, con la nación todavía sacudida por los vientos y aguaceros del mortífero huracán Inés, el presidente Joaquín Balaguer tomo una sorprendente decisión , que estremeció al gabinete.
Su secretario de Agricultura se había atrevido a dar un parte público sobre los destrozos en el agro y poquísimas horas después, un decreto presidencial lo despidió de golpe y porrazo.
Balaguer no se tragó la versión. Su queja fue que el secretario había soltado datos sensibles de la catástrofe sin su visto bueno, arguyendo que en ese momento no era el tiempo para andar midiendo con exactitud la magnitud de la tragedia.
El huracán Inés, de los más bravos que vivió el país en los doce años de Balaguer, dejó pérdidas que se calcularon en 7 mil millones de pesos.
Los relatos de la época pintan al litoral sur convertido en un «campo de dolor y desolación». Cerca de mil personas, dominicanas y haitianas, perdieron la vida.
Más de una década después, en 1979, tuvimos otro golpe brutal: la combinación del huracán David y la tormenta Federico.
Sin embargo, en esa ocasión, los de Agricultura se lo pensaron dos veces. El entonces secretario Hipólito Mejía y sus equipos se echaron el país al hombro, recorriéndolo en helicóptero, y se tomaron su tiempo.
Fue solo dos meses después, tras consultar a la mayoría de los productores afectados, que precisaron la cuantía de los daños. La lección estaba clara: un cálculo fidedigno no se hace de la noche a la mañana.
Y ahora, ¿qué tenemos? De nuevo la misma película. La fiabilidad de los datos oficiales del Ministerio de Agricultura está otra vez en el ojo del huracán, por los embates indirectos de Melissa.
El problema es que el huracán todavía está descargando agua y viento sobre miles de hectáreas en el Suroeste y el Nordeste.
Hay zonas incomunicadas, imposibles de evaluar todavía. Pero ya están saliendo cifras.
Aquí es donde la historia nos da una lección.
Soltar números millonarios de daños sin confirmar exhaustivamente fue la fatídica metida de pata del secretario en 1966, el error que no repitieron sus colegas en 1979.
Dos experiencias, una sola lección: la prisa es enemiga de la verdad.

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