Queremos compartir con ustedes el artículo del Dr. Juan Francisco Puello Herrera que publica en el Listín Diario y con el cual estamos de acuerdo.
Queda atrapado en su propia ilusión quien cree que, con un simple dedo, puede inclinar la voluntad de un pueblo y decidir el rumbo de una nación. Esa fantasía no es poder: es ignorancia revestida de insolencia. Pero lo más inquietante no es quien la proclama, sino quienes la celebran.
La complicidad está en la mirada que consume lo trivial como si fuera contenido. La repetición diaria de espacios vacíos sin valor formativo ha debilitado el criterio colectivo, al punto de confundir “popularidad” con autoridad. Cada vez que alguien entra a una plataforma a buscar lo superfluo, sostiene la falacia de que existe un dedo capaz de moldear conciencias.
La forma más eficaz de desmontar ese espejismo es simple: no consumir lo que degrada el pensamiento. Lo banal, cuando se prueba, arrastra hacia una involución silenciosa. Y esa pendiente se acentúa cuando la cultura popular intenta blanquear lo incorrecto, llamando “poliamor” a lo que no es más que infidelidad con barniz moderno.
No se trata —ojalá así fuera— de la aurea mediocritas de Horacio, ese equilibrio virtuoso. Hablamos de la mediocridad más cruda: rampante, envolvente, adormecida como aquella droga del opio, sin dolor ni síntomas, pero capaz de consumir la vida interior de una sociedad que deja de aspirar a algo más alto.
Salir de ese círculo exige inconformismo. La vida solo cobra sentido cuando se apuesta por la verdad, por el esfuerzo y por la dignidad. Afirmar, que “todos lo ven” no legitima lo trivial.
Cuando una sociedad se acostumbra a la mediocridad, cualquier dedo —real o imaginario— cree tener derecho a señalar su destino.

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