¡Cuando el guía pierde el juicio!

Hoy compartimos con ustedes el artículo del Dr. Juan Francisco Puello Herrera que publica los viernes en el Listín Diario y es una sesuda reflexión sobre las condiciones de un líder.

Hay un dicho en Venezuela que doña Ligia Párraga de Prieto, la madre de mi compadre Oscar Prieto, repetía con frecuencia: “Qué desgracia la de un pueblo cuando el cura es loco”.

No es un ataque a la fe ni a la Iglesia. El “cura” del refrán simboliza al líder llamado a guiar con equilibrio y prudencia; cuando esa autoridad actúa con capricho o irresponsabilidad, el daño deja de ser personal y se vuelve colectivo.

Un guía “loco”, en el sentido popular del refrán, es el que actúa sin criterio, sin conciencia del peso de sus decisiones; el que confunde autoridad con abuso; el que cambia principios por conveniencia; el que se desborda en pasiones y convierte su

función en espectáculo.

Y allí está la tragedia: el pueblo confía. El pueblo sigue. El pueblo cree. Y cuando el guía se extravía, arrastra consigo a muchos, genera confusión, instala el desaliento y deja la comunidad a merced del caos.

Por eso el refrán no es simple burla: es una advertencia. Cuando falla quien debía sostener, la caída duele más. Porque no solo se pierde el rumbo se rompe la confianza. Y esa, a veces, tardas generaciones en recuperarse.

Y entonces se cumple una sentencia callada de la historia: un pueblo puede resistir la pobreza, pero difícilmente resiste la locura del que lo dirige.

Porque cuando el guía pierde el juicio, la comunidad no solo pierde el camino: pierde el orden. Y donde el liderazgo debió ser luz, queda sombra; donde debió haber prudencia, queda ruina; y donde debió haber servicio, queda un daño que ni el tiempo borra fácilmente.